jueves, 16 de octubre de 2008

Prestamo de lansky


Cuando España era en blanco y negro y tonos de gris, como las películas neorrealistas italianas (en realidad hiperrealistas o realistas: así de cutre “realmente” era la posguerra en la hoy opulenta Europa meridional, España o Italia sin ir más lejos) el único toque de color, como bien saben los grafistas, era el rojo del lápiz del censor, hoy rotulador. Que ha vuelto. Muchos “buenos” ciudadanos de entonces, amantes del orden autoritario, colaboraban espontánea y dispuestamente con esas ceñudas autoridades y llevaban siempre en la boca, para soltársela a cualquier desprevenido eso de “usted no sabe con quien esta hablando”, o “acompáñeme a comisaría” o, aparentemente más inocua porque se lanzaba en derredor sin más: pero igual de inicua: “adonde vamos a parar” (dos novios besándose, horror, en plena vía pública). He visto parejas expulsadas de los cines (de la fila de los mancos, se decía), por acariciarse, por acomodadores que parecían alféreces provisionales, o guardias jurados de parques simulando ser arcángeles de espada flamígera haciendo lo propio. Y ahora esto, ¿Será cierto eso del mito de El eterno retorno? Si las barreras del servidor de vuestro ordenador en el curre no os deja acceder a esta página o post o poste lo siento, pero, la verdad, cada día me escandalizan más los que se escandalizan con lo el mismo asunto de siempre.

El deseo insaciable y sin cautelas de una mujer por entregarse a la cópula con cualquiera, contado tediosamente día a día y por escrito, eso es el Diario de una ninfómana. Presumiblemente poco interesante y repetitivo, pero quién sabe. El cartel de esta película, igual de presumiblemente aburrida que el libro autobiográfico en qué se basa (el que lo haya escrito una sexóloga no es una garantía precisamente, al menos para mí), ha sido vetado y definitivamente rechazado para ser expuesto en los espacios publicitarios, marquesinas y demás, de autobuses y otros espacios habilitados al efecto por la empresa municipal de autobuses de Madrid:, la EMT, así como en la red de cercanías de RENFE dependientes del ayuntamiento de Madrid –parece ser que es el único caso en España- por “inadecuado”

Comprobadlo por vosotros mismos. Como sólo se ven unas braguitas de encaje, una mano dentro de ella, un ombligo y la parte superior de los muslos, mientras que hay carteles -hasta hace poco, este verano, incluso de preciosas niñas de quince años anunciando bikinis-, no digamos otros anuncios de lencería, mucho más explícitos o “sicalípticos”, como decían los antiguos, cabe deducir que es la palabra “ninfómana” la que causa el problema. Pero juzgad vosotros. (Me niego a lo de vosotras y vosotros: vosotros, genérico sin género)

Quizá es que han decidido que ninfómana es un insulto y no una enfermedad (¿Médicos sin fronteras: enfermeras sin bragas?), o que son ninfómanas toda las mujeres que sienten deseo sexual tan decidido y espontáneo como los varones, y que, en cualquier caso serán depravadas o enfermas, que ellas mismas elijan, o que… Eso digo yo ¿O qué?

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