
DIOS 4
Bolivia es el auténtico mediterráneo, así con minúscula, rodeado de tierras por todas partes y sin salida al mar desde que la perdió en la Guerra del Pacífico contra Chile. Cuando un famoso presidente boliviano expresó su disgusto con el embajador de la poderosa Gran Bretaña por el expeditivo sistema de atarle de espaldas a un burro y hacerle trotar por horas por la plaza de Murillo en La Paz, donde está el Palacio presidencial, la reina Victoria mandó cañonear desde su flota al atrevido paisito, y al ser informada de la imposibilidad de hacerlo por no contar este con esa salida murmuró algo así como vaya mierda de país. De mierda nada. Bolivia es fascinante, pero hoy voy a hablar de otro país más grande y famoso por el que tuve que pasar sin más remedio. Durante la serie de años que estuve yendo a trabajar unos meses a Bolivia casi siempre hacía escala en Brasil, en Río de Janeiro donde cambiaba para la hoy secesionista Santa Cruz y de ahí unas veces a Cochabamba y otras a La Paz, que cuenta con el aeropuerto más alto del mundo y de apropiado nombre, como la ciudad de aluvión que la rodea: El Alto.
Será una casualidad, no lo dudo, pero tres de las ciudades que más me gustan de todo el mundo –Lisboa, Oporto y Río de Janeiro- hablan portugués, pero a pesar de la delicia acogedora de la luminosa y melancólica Lisboa, del amor/odio que me provoca mi ciudad natal y fatal, Madrid, o de la belleza de la muy serenísima, pese a la peste del turismo de masas, Venecia, Río es sin asomo de poligamia cívica mi favorita. En cada viaje me apañaba para quedarme primero unos días, luego unas semanas, por fin otro viví desde dentro los famosos y ansiados carnavales.Un año conseguí quedarme en la ciudad. La Bahía de Guanabara donde Cabral fondeó un día de enero (Janeiro) sigue siendo pese a las transformaciones urbanas y hasta gracias en parte a ellas una maravilla natural y civil donde se mezcla una selva más amable que la del Amazonas, la Foresta Atlántica, que trepa por los famosos morros o panes de azúcar que salpican y amojonan su serie de míticas playas: Leblón, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Prainha, Barra de Tijuca, Grumari, Sao Conrado, Abricó…Y yo me alojaba en el barrio probablemente más bonito de la ciudad más bonita de la Tierra, el de Santa Tereza., también aupado a un morro de granito carstificado por las lluvias tropicales (una rareza geológica, aunque no tanto en los trópicos), al que se llega por un tranvía rampante a través del viaducto de Lapa: si el principio del barrio comienza en las escaleras y rampas de la parte baja el final acaba directamente en la selva.
En los carnavales llega el aluvión turístico, sólo en parte compensado por la huida de miles de cariocas. Los turistas, los enteradillos, los profanos que no saben que lo son, llegan pensando en las escolas de samba y en el sexo promiscuo y gratuito. Lo cierto es que salvo que estés introducido y arropado por amigos y gentes locales, harás fotos, alucinarás con el desmadre, pero no lo vivirás más que epidérmicamente. Es decir, como en tantas ocasiones en el fondo es más pedagógico para enterarse de qué va, ver un buen documental desde tu casa, sin viajar, preparado por personas bien documentadas y que han hecho su trabajo que presentarte a presenciarlo en directo como un turista, es decir, como un elefante (con cámara de fotos) en una cacharrería.
Igual que a los sitios, ciudades incluidas, no hay que “ir”, sino que hay que “estar”, el carnaval no hay que ir a verlo, sino, como tantas otras cosas, vivirlo. Para vivirlo, como no te van a dejar ingresar en una escola de samba, primero porque no eres un mulato o una mulata de cuerpo perfecto y organismo genéticamente adaptado por nacimiento al ritmo, y segundo porque los desfiles de las escolas son todo menos improvisados, protagonizados en el sambódromo y son la parte de diseño exportable del asunto. En el fondo mucho más autentico son los blocos donde los barrios establecen su participación real. Por ejemplo, uno que se sitúa justo debajo de la gigantesca axila del famoso Corcovado se llama “·O sobaco do Cristo” y con el, o con el bloco de Santa Tereza sí que un servidor desfiló, bailó, promiscuó (¿no existe el verbo?, pues debería) rodeado de cuerpos tan suficientemente bellos como reales. Por cierto, un asunto ciertamente desconcertante para el machismo latino habitual es la facilidad con la que las mujeres toman la iniciativa y les “entran” a los varones (eso sí que es igualdad y no la de ciertas tristuras feministas) o les piropean (“Oh, ¡¡qué homme mais bounito!”, me dijo una mulata color canela guapa y obviamente corta de vista).
El asunto es de tal entidad, el desmadre tan considerable, que la inevitable comparación con Sodoma y Gomorra las deja a la altura de conventos de clausura babilónicos, si es que tales existen. Para abreviar sólo añadiré que los nuevos matrimonios cariocas añaden a sus votos habituales otro: no volver a asistir ni juntos ni mucho menos separados al carnaval: Las parejas jóvenes huyen del bullicio y del probable y hasta probado riesgo para su relación hacia la tranquilidada de lejanas playas.
Mi anfitrión en Río, mi amigo Luis, arquitecto que trabajaba para la municipalidad de Niteroi, al otro lado de la bahía y frente a Río, andaba por aquel entonces casado con una guapa carioca, Lia, que tenía otra hermana, Lea, con la que yo me alojaba, y un hermano, Leo (lo juro: el padre militar no estaba dispuesto a romperse la cabeza buscando nombres a sus hijos, o era un chistoso). Lea, estaba encariñada conmigo y yo con ella, como no, pero es el caso que los carnavales no los acabe junto a ella sino con otra chica deliciosa, y eso es otro asunto, con la que acabé yendo a bucear, a navegar y a reposar al archipiélago de Angra do Rei, un paraíso al que pienso volver algún día con el amor de mi vida, Paola.
Lo que quiero contar aquí es que Lea se enfadó conmigo y me echó de su preciosa casa de Santa Tereza, y aunque me alojé en casa de mi nueva amiga en Botafogo no por eso no lo deje de sentir un poco mucho. En la casa de Lea, junto a una cashoeira donde nos duchábamos después de ir en bici, a un paso de la foresta que penetraba en la ciudad, y a otro de una favela donde los chicos me invitaban (iba amparado/ protegido por educadores y gentes que trabajaban y eran aceptado a allí) a una pelada (partido de fútbol improvisado: tampoco aceptaba, eso era aún más arriesgado que intentar bailar samba con contra mulatos y mulatas) había que cerrar las ventanas para que los monos titis no penetraran desde los árboles del jardín a robarse el azúcar.
Al cabo de unos días Lea me llamó para disculparse. Yo lo interpreté mal: como un intento de reconciliación que yo deseaba pero no en los términos de restablecer la situación amorosa anterior, sino sólo la amistosa. Me equivocaba: era reconciliación, porque todos y cada uno de los amigos de ella, que lo eran más de ella que de mí, salvo su cuñado español, estaban de acuerdo en que qué se esperaba, por qué se enfadaba, si ya se sabe lo que pasa en los carnavales. Y lo reconocía, y me pedía disculpas…
Bolivia es el auténtico mediterráneo, así con minúscula, rodeado de tierras por todas partes y sin salida al mar desde que la perdió en la Guerra del Pacífico contra Chile. Cuando un famoso presidente boliviano expresó su disgusto con el embajador de la poderosa Gran Bretaña por el expeditivo sistema de atarle de espaldas a un burro y hacerle trotar por horas por la plaza de Murillo en La Paz, donde está el Palacio presidencial, la reina Victoria mandó cañonear desde su flota al atrevido paisito, y al ser informada de la imposibilidad de hacerlo por no contar este con esa salida murmuró algo así como vaya mierda de país. De mierda nada. Bolivia es fascinante, pero hoy voy a hablar de otro país más grande y famoso por el que tuve que pasar sin más remedio. Durante la serie de años que estuve yendo a trabajar unos meses a Bolivia casi siempre hacía escala en Brasil, en Río de Janeiro donde cambiaba para la hoy secesionista Santa Cruz y de ahí unas veces a Cochabamba y otras a La Paz, que cuenta con el aeropuerto más alto del mundo y de apropiado nombre, como la ciudad de aluvión que la rodea: El Alto.
Será una casualidad, no lo dudo, pero tres de las ciudades que más me gustan de todo el mundo –Lisboa, Oporto y Río de Janeiro- hablan portugués, pero a pesar de la delicia acogedora de la luminosa y melancólica Lisboa, del amor/odio que me provoca mi ciudad natal y fatal, Madrid, o de la belleza de la muy serenísima, pese a la peste del turismo de masas, Venecia, Río es sin asomo de poligamia cívica mi favorita. En cada viaje me apañaba para quedarme primero unos días, luego unas semanas, por fin otro viví desde dentro los famosos y ansiados carnavales.Un año conseguí quedarme en la ciudad. La Bahía de Guanabara donde Cabral fondeó un día de enero (Janeiro) sigue siendo pese a las transformaciones urbanas y hasta gracias en parte a ellas una maravilla natural y civil donde se mezcla una selva más amable que la del Amazonas, la Foresta Atlántica, que trepa por los famosos morros o panes de azúcar que salpican y amojonan su serie de míticas playas: Leblón, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Prainha, Barra de Tijuca, Grumari, Sao Conrado, Abricó…Y yo me alojaba en el barrio probablemente más bonito de la ciudad más bonita de la Tierra, el de Santa Tereza., también aupado a un morro de granito carstificado por las lluvias tropicales (una rareza geológica, aunque no tanto en los trópicos), al que se llega por un tranvía rampante a través del viaducto de Lapa: si el principio del barrio comienza en las escaleras y rampas de la parte baja el final acaba directamente en la selva.
En los carnavales llega el aluvión turístico, sólo en parte compensado por la huida de miles de cariocas. Los turistas, los enteradillos, los profanos que no saben que lo son, llegan pensando en las escolas de samba y en el sexo promiscuo y gratuito. Lo cierto es que salvo que estés introducido y arropado por amigos y gentes locales, harás fotos, alucinarás con el desmadre, pero no lo vivirás más que epidérmicamente. Es decir, como en tantas ocasiones en el fondo es más pedagógico para enterarse de qué va, ver un buen documental desde tu casa, sin viajar, preparado por personas bien documentadas y que han hecho su trabajo que presentarte a presenciarlo en directo como un turista, es decir, como un elefante (con cámara de fotos) en una cacharrería.
Igual que a los sitios, ciudades incluidas, no hay que “ir”, sino que hay que “estar”, el carnaval no hay que ir a verlo, sino, como tantas otras cosas, vivirlo. Para vivirlo, como no te van a dejar ingresar en una escola de samba, primero porque no eres un mulato o una mulata de cuerpo perfecto y organismo genéticamente adaptado por nacimiento al ritmo, y segundo porque los desfiles de las escolas son todo menos improvisados, protagonizados en el sambódromo y son la parte de diseño exportable del asunto. En el fondo mucho más autentico son los blocos donde los barrios establecen su participación real. Por ejemplo, uno que se sitúa justo debajo de la gigantesca axila del famoso Corcovado se llama “·O sobaco do Cristo” y con el, o con el bloco de Santa Tereza sí que un servidor desfiló, bailó, promiscuó (¿no existe el verbo?, pues debería) rodeado de cuerpos tan suficientemente bellos como reales. Por cierto, un asunto ciertamente desconcertante para el machismo latino habitual es la facilidad con la que las mujeres toman la iniciativa y les “entran” a los varones (eso sí que es igualdad y no la de ciertas tristuras feministas) o les piropean (“Oh, ¡¡qué homme mais bounito!”, me dijo una mulata color canela guapa y obviamente corta de vista).
El asunto es de tal entidad, el desmadre tan considerable, que la inevitable comparación con Sodoma y Gomorra las deja a la altura de conventos de clausura babilónicos, si es que tales existen. Para abreviar sólo añadiré que los nuevos matrimonios cariocas añaden a sus votos habituales otro: no volver a asistir ni juntos ni mucho menos separados al carnaval: Las parejas jóvenes huyen del bullicio y del probable y hasta probado riesgo para su relación hacia la tranquilidada de lejanas playas.
Mi anfitrión en Río, mi amigo Luis, arquitecto que trabajaba para la municipalidad de Niteroi, al otro lado de la bahía y frente a Río, andaba por aquel entonces casado con una guapa carioca, Lia, que tenía otra hermana, Lea, con la que yo me alojaba, y un hermano, Leo (lo juro: el padre militar no estaba dispuesto a romperse la cabeza buscando nombres a sus hijos, o era un chistoso). Lea, estaba encariñada conmigo y yo con ella, como no, pero es el caso que los carnavales no los acabe junto a ella sino con otra chica deliciosa, y eso es otro asunto, con la que acabé yendo a bucear, a navegar y a reposar al archipiélago de Angra do Rei, un paraíso al que pienso volver algún día con el amor de mi vida, Paola.
Lo que quiero contar aquí es que Lea se enfadó conmigo y me echó de su preciosa casa de Santa Tereza, y aunque me alojé en casa de mi nueva amiga en Botafogo no por eso no lo deje de sentir un poco mucho. En la casa de Lea, junto a una cashoeira donde nos duchábamos después de ir en bici, a un paso de la foresta que penetraba en la ciudad, y a otro de una favela donde los chicos me invitaban (iba amparado/ protegido por educadores y gentes que trabajaban y eran aceptado a allí) a una pelada (partido de fútbol improvisado: tampoco aceptaba, eso era aún más arriesgado que intentar bailar samba con contra mulatos y mulatas) había que cerrar las ventanas para que los monos titis no penetraran desde los árboles del jardín a robarse el azúcar.
Al cabo de unos días Lea me llamó para disculparse. Yo lo interpreté mal: como un intento de reconciliación que yo deseaba pero no en los términos de restablecer la situación amorosa anterior, sino sólo la amistosa. Me equivocaba: era reconciliación, porque todos y cada uno de los amigos de ella, que lo eran más de ella que de mí, salvo su cuñado español, estaban de acuerdo en que qué se esperaba, por qué se enfadaba, si ya se sabe lo que pasa en los carnavales. Y lo reconocía, y me pedía disculpas…

15 comentarios:
El verbo promiscuar existe, como puedes comprobar. Mi formación clásico-católica me había hecho conocer el primero de los dos significados que tiene según el DRAE, el de mezclar carne con pescado en una misma comida, práctica nefanda que, como es fácil comprender, atenta contra los fundamentos mismos del Derecho Natural y la Moral Cristiana, que son todo uno y lo mismo. Pero hoy he aprendido que tiene un segundo significado, "Participar indistintamente en cosas heterogéneas u opuestas, físicas o inmateriales". Es obvio que tú has participado de modo pecaminosamente indistinto en cosas sumamente heterogéneas y parece que por momentos hasta opuestas y, en cualquier caso, muy satisfactoriamente físicas y quién sabe si inmateriales también, poeta que eres a tus horas; ergo has promiscuado, con la bendición de la Real Academia, que debe de dar más gusto. Conspicuamente, añado, según todas las muestras. Qué buena vida te has dado siempre, ladrón.
Lapa es también, como sin duda sabes, el nombre de uno de los barrios más bonitos, si es posible determinar tal cosa, de otra de tus ciudades favoritas, que lo es mía sin posible rival a su altura, hablo de lisboa, claro. El Lapa de Lisboa no acaba en la selva, sino en el Tajo por abajo y en otros barrios menos románticos y más salazaristas por arriba. No conozco Rio pero creo que no te lo cambio.
¡Cielo Santo! es cierto: el verbo existe, aunque juro que jamás mezclo carne con pescado, ni siquiera en mis paellas, ni tampoco navego a vapor o a vela, eufemismos todos, sospecho, de la sobrevalorada bisexualidad. Y más que darme buena vida, que no siempre he podido (para mí, eso es incompatible con trabajar) es más bien que la vida es buena, chula y agradable, a poco que te dejen: ¡Gracias a la vida...! que cantaba ese al que no nombro, pero en eso tiene razón.
Las dos Lapas, la lisboeta y la carioca son muy lindas y me quedo con ambas, puesto que no está prohibido, que se sepa. Y las dos conducen hacia arriba...
tengo un amigo que en una época de su vida iba todos los años a los carnavales de Río, y llegó a integrarse estupendamente, pues pertenecía a una escola. Lo mas gracioso es que siempre dice que estos carnavales son igualitos a la semana santa de Sevilla, y te explica porqué, y te convence.
Sería fácil y chabacana la broma, Rocío, de comparar semana santa sevillana con carnaval de río:simplemente basta jugar con la polisemia de los verbos "follar" y "joder", y además en ambos multitudinarios eventos se achocha: se empuja y te empujan mucho. Por otra parte, si tu amigo es tan "profesional" como para haber participado en una "escola" de samba y no en un "bloco" de barrio le compadezco y le admiro a partes iguales y él y yo nos entendemos. ¿Seguro que Escola y no Bloco?
Pues era de una escola que se llama manguera, que es como ser del Gran Poder (segun dice el). Yo no soy capaz de de saber si tiene razon, porque no conozco el Carnaval, pero unos amigos argentinos que conocen ambas cosas a los que les contó la historia le dieron toda la razón.
En la semana santa la gente tambien se desmadra, se liga muchisimo y la gente se despista muchisimo. Lo que pasa es que el look es como distinto. Pero en el fondo es lo mismo, fijate tu quien lo iba a decir.
Me pondré bíblico, Rocío: en el principio era "el bloco", un grupo organizado y disfrazado de la misma manera (no como los "cordoes": masas de espontáneos sólo con percusión, y los "ranchos", con cuerdas. Escolas eran los blocos primeros (unos 5, creo) que ensayaban en el patio de escuelas, de colegios sus coreografías). Luego los sambistas fundaron los "Vai como pode", la primera escola, que no hace falta traducir; esa sería el equivaleente a la hermandad del gran poder; luego vino enseguida "Prazer de Serinha" y "Estaçao Primeira" o "Mangueira"
http://www.radio.uchile.cl/notas.aspx?idNota=16530
También me gustó mucho este post. Tanto hablar -por mi parte- del "estilo" y.... al final he de reconocer que "el tema" es casi igual de decisivo para engancharte a una lectura. En relación con lo que cuentas y por no callarme, que el mutismo ante un texto tan divertido lo veo casi como un detalle feo, se me ocurren ahora estos comentarios que paso a transcribir: que Santa Cruz dispone de un sobrado catálogo de argumentos (plausibles, creo) para querer desvincularse del altiplano (hay que ponerse en el lugar de un natural de allí). Que del tema de las favelas existe un libro de acción trepidante de un tal ¿Lins? "La ciudad de Dios" que no sé si retrata con fiabilidad lo que allí pasa, pero, de ser así, aquello debe ser tremendo. Que hay veces en las que las fiestas vocacionalmente multitudinarias yo las disfruto más epidérmicamente que íntimamente: por ejemplo, la "Feria de Sevilla". Que esa pasividad femennina ante el cortejo no es ni mucho menos un rasgo latino: y a modo de ejemplo contrario, señalemos verbigratia (perdón por la redundancia): Colombia, Venezuela, Francia, Croacia, República Dominicana.... sino más propiamente preconciliar-mesetario-totalitario.
el_clavadista_solitario
Termino de leerte con una gran sonrisa. Me parece fascinante la forma en que has descrito el lugar y sus costumbres. No sé si algún día tendre la suerte de ver lo que tú has visto, me parece todo tan lejano y tan inaccesible... Tiene que ser maravilloso, la foto lo es.
También me ha gustado cómo has ido introduciendo una historia personal en el relato. Tierna y humana.
Me he reido con la historia de los celos porque confirma que por muy avanzadas que sean las costumbres o muy liberales que sean las mentes, a la hora de la verdad ser libre es tan difícil aquí como en la capital del desenfreno.
En fin, que ha sido un gusto, sigue por favor describiendo tus andanzas de la forma tan vívida y entrañable como lo has hecho hoy.
Un beso muy grande
Gracias Zaffe, es muy grata tu capacidad de empatía, aunque debes tener en cuenta que estos...¿relatos? son un intento modesto de ficción autobiográfica al estilo de Ballard; es decir, no respondo de su exactitud y más que verídicos deben ser verosímiles. O sea, que la mulata canela quizá me dijo "qué español tan pesado", en lugar de "que homme tan bounito".
Aunque inventarse lo de Lia, Lea, y Leo es demasiado, lo reconozco.
Un beso
Totalmente de acuerddo en que lo de tener que trabajar es incompatible con darse buena vida, y de acuerdo también en que, a pesar de la maldición bíblica que siempre será para mí el trabajo -solo puedo compadecer a los que encuentran en él "su realización", y cosas parecidas; yo lo más que saco del trabajo es el salario mensual y algunas satisfacciones, y ambas cosas más por mérito mío que suyo- la vida es una cosa estupenda, buena por sí sin necesidad de ser "buena vida" y a veces gracias precisamente a no serlo.
¿Quién es ese que no nombras que canta "gracias a la vida"? La versión que yo más conozco y aprecio es la de Violeta Parra, que es, además, la autora. Una voz malísima, una cantante y poeta formidable, una folclorista insustituible y, sobre todo, una persona magnífica y muy interesante. Un día le tendré que dedicar algún post.
Vanbrugh:
"Gracias a la vida que me ha dado tanto./Me dio dos luceros que, cuando los abro,/perfecto distingo el negro del blanco,..." Por supuesto que me refería a esta bellísima canción de doña Violeta, pero disiento de tu evaluación de su voz: a mí me gusta, aunque reconozco que su timbre no es ortodoxo. Todo lo más admito la versión de otra "sudaca": Mercedes Sosa.
Trabajo viene del latín, "tripalium", instrumento de tortura de tres brazos donde sentaban al reo. Así que si es placentero una de dos, o no es trabajo, sino ocupación, o eres masoca.
El error se dio por error mecanográfico, ese "ese" en lugar de "esa": una "e" y una "a" peligrosamente juntas en el teclado, y ese "que no nombro" pudo sonar despectivo, pero no lo era, en absoluto.
Dije que la voz de la Violeta era malísima, no que no me gustara. A mí me entusiasma, lo de "malísima" era una concesión a los cánones. Entre la Caballé, pongo por caso, y la Parra, cien veces elegiría a esta última. (Ya sé que no se puede comparar, pero precisamente por eso lo hago: detesto el modo "operístico", impostado y profesional de cantar, me parece una amputación de la voz humana real.) Mercedes Sosa tiene, en cambio, un tibre precioso y una afinación perfecta, cercana a la del diapasón, pero para mi gusto es excesivamente inexpresiva. En ocasiones eso le presta grandeza y "solemnidad", pero en general a mi me suena un poco... eso, su apellido: sosa. Con todo, su versión -o sus versiones- de "gracias a la vida" es otra de mis preferidas, y tiene otras cuantas canciones que me gustan mucho.
No está mal. Copiando nombre de blog. Yo le perdono. Le perdonará también Él? Amén
De ninguno de los dos me interesa su perdón. De hecho, de ninguno de los dos, y menos de "ÉL" me interesa nada, pero usted tampoco me interesa, criatura.
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