viernes, 13 de febrero de 2009

5




(Para Miroslav, que vivió por estos pagos)

Dios 6

Aguascalientes es a la vez un reputado balneario, como indica su nombre, a orillas del torrente de Vilcabamba y la puerta de acceso al pie de la ciudadela de Machu Pichu; allí se juntan aparentemente dos populosas humanidades que, como las aguas de un río en la desembocadura o en la captura de un afluente (como el río Negro y el Amazonas, que durante kilómetros permiten diferenciar las aguas frías, claras y ácidas del primero con las terrosas, marrones y turbias del segundo) en realidad permanecen separadas. Por un lado, está la población local formada por indígenas y mestizos que se dedican a atender los establecimientos de recreo y el turismo o el comercio y joyería de esmeraldas extraídas de la cercana selva. Por otro, los turistas que son a su vez de dos tipos: los disfrazados de exploradores “blancos” a lo coronel tapioca, con pantalones cortos, botazas, camisas caquis con bolsillos, sombreros stetson a lo Indiana Jones, y los que van con ponchos de lana de alpaca, y se colocan encima de las rubias melenas el sombrero cónico típico de los Andes, el chullo, que les sienta como a un cristo unas pistolas.

La visita al recinto preservado de los incas se organiza con autobuses que suben la empinada carreterilla desde la población termal a las alturas; aunque algunos de los más osados llegan caminando, a menudo con porteadores, por la vieja calzada de piedra conocida como camino del Inca. Unos y otros aguardan a que se abra la ciudadela y son expulsados de ella a la hora de cierre del atardecer, pero yo cometí una pequeña travesura para lograr pernoctar en tan mágico lugar. Simplemente, me escondí en las laderas que caen a pico sobre la “ceja de selva” del bosque de niebla (Cloud Forest) que desciende hacia la amazonía, y cuando comprobé que se había marchado el último de los vigilantes, volvía a ascender y me acomodé entre las ruinas con mi saco de dormir para pasar la noche. Al amanecer del día siguiente pude disfrutar del nacimiento del sol y unas horas en soledad hasta la llegada de la siguiente remesa de visitantes. Fue una experiencia inolvidable. Algo parecido, aunque con más dificultad para ocultarme, hice en la Acrópolis de Atenas: lo voy convirtiendo en una costumbre que no recomiendo imitar.

Al día siguiente renuncie a los autobuses y bajé a agua caliente decidido a hacerme con alguna esmeralda, pero es otra historia que contaré más adelante.

miércoles, 21 de enero de 2009

Ángel González para Obama






PORVENIR

Te llaman porvenir
porque no vienes nunca.
te llaman: porvenir,
y esperan que tú llegues
como un animal manso
a comer en su mano.
Pero tú perteneces
más allá de las horas,
agazapado por no se sabe donde.
…Mañana!
Y mañana será otro día tranquilo
un día como hoy, jueves o martes,
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre
.

martes, 20 de enero de 2009

4



Dios, 5

La segunda vez que fui invitado a Bolivia me cogí unas semanas para viajar al sur del Perú. Quería conocer Cuzco, o por mejor decir El Cusco, la ciudad imperial de los incas y viajar luego a Machu Pichu, como un detestable turista más.

El Cusco, el ombligo del mundo como le llamaban los antiguos incas es exactamente eso, un ombligo, un centro anatómico. Situado en el medio de un vasto imperio andino que se extendía desde las estribaciones colombianas, cruzaba el actual Ecuador y Perú, Bolivia, que los españoles llamaron Alto Perú, para llegar a Argentina. Un castellano viejo diría que es una “nava”, esto es, una planicie alta, a más de dos mil metros, rodeada de cumbres de más de cinco mil. La arquitectura colonial española, con sus dos catedrales, la de suyo y con la que replicaron en la plaza mayor los jesuitas, las callejas en pendiente, las mansiones con patios y balcones y los restos, pese a todo, de la espléndida construcción inca, sistemáticamente demolidos por los conquistadores que construían encima de sus basamentos y cimientos. Cuzco es una de esas maravillas que aún no ha estropeado el turismo de masas, que permanece como un palimpsesto de épocas distintas y grandiosas y mantiene viva la actual.

Llegué volando aunque regresé por tierra, por tren y andando. La siguiente etapa, después de cruzar el Valle Real donde prosperan varias decenas de variedades de maíz y papas, fue tomar un tren a Aguas Calientes, un balneario cutre y encantador de aguas termales donde se trafica con las esmeraldas de la cercana selva de niebla (Cloud Forest, la ceja de selva de Humboldt) para subir caminado al emplazamiento de la última ciudadela inca que los españoles no llegaron a descubrir y por ello permaneció intacta.

martes, 11 de noviembre de 2008

Tres




DIOS 4

Bolivia es el auténtico mediterráneo, así con minúscula, rodeado de tierras por todas partes y sin salida al mar desde que la perdió en la Guerra del Pacífico contra Chile. Cuando un famoso presidente boliviano expresó su disgusto con el embajador de la poderosa Gran Bretaña por el expeditivo sistema de atarle de espaldas a un burro y hacerle trotar por horas por la plaza de Murillo en La Paz, donde está el Palacio presidencial, la reina Victoria mandó cañonear desde su flota al atrevido paisito, y al ser informada de la imposibilidad de hacerlo por no contar este con esa salida murmuró algo así como vaya mierda de país. De mierda nada. Bolivia es fascinante, pero hoy voy a hablar de otro país más grande y famoso por el que tuve que pasar sin más remedio. Durante la serie de años que estuve yendo a trabajar unos meses a Bolivia casi siempre hacía escala en Brasil, en Río de Janeiro donde cambiaba para la hoy secesionista Santa Cruz y de ahí unas veces a Cochabamba y otras a La Paz, que cuenta con el aeropuerto más alto del mundo y de apropiado nombre, como la ciudad de aluvión que la rodea: El Alto.

Será una casualidad, no lo dudo, pero tres de las ciudades que más me gustan de todo el mundo –Lisboa, Oporto y Río de Janeiro- hablan portugués, pero a pesar de la delicia acogedora de la luminosa y melancólica Lisboa, del amor/odio que me provoca mi ciudad natal y fatal, Madrid, o de la belleza de la muy serenísima, pese a la peste del turismo de masas, Venecia, Río es sin asomo de poligamia cívica mi favorita. En cada viaje me apañaba para quedarme primero unos días, luego unas semanas, por fin otro viví desde dentro los famosos y ansiados carnavales.Un año conseguí quedarme en la ciudad. La Bahía de Guanabara donde Cabral fondeó un día de enero (Janeiro) sigue siendo pese a las transformaciones urbanas y hasta gracias en parte a ellas una maravilla natural y civil donde se mezcla una selva más amable que la del Amazonas, la Foresta Atlántica, que trepa por los famosos morros o panes de azúcar que salpican y amojonan su serie de míticas playas: Leblón, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Prainha, Barra de Tijuca, Grumari, Sao Conrado, Abricó…Y yo me alojaba en el barrio probablemente más bonito de la ciudad más bonita de la Tierra, el de Santa Tereza., también aupado a un morro de granito carstificado por las lluvias tropicales (una rareza geológica, aunque no tanto en los trópicos), al que se llega por un tranvía rampante a través del viaducto de Lapa: si el principio del barrio comienza en las escaleras y rampas de la parte baja el final acaba directamente en la selva.

En los carnavales llega el aluvión turístico, sólo en parte compensado por la huida de miles de cariocas. Los turistas, los enteradillos, los profanos que no saben que lo son, llegan pensando en las escolas de samba y en el sexo promiscuo y gratuito. Lo cierto es que salvo que estés introducido y arropado por amigos y gentes locales, harás fotos, alucinarás con el desmadre, pero no lo vivirás más que epidérmicamente. Es decir, como en tantas ocasiones en el fondo es más pedagógico para enterarse de qué va, ver un buen documental desde tu casa, sin viajar, preparado por personas bien documentadas y que han hecho su trabajo que presentarte a presenciarlo en directo como un turista, es decir, como un elefante (con cámara de fotos) en una cacharrería.

Igual que a los sitios, ciudades incluidas, no hay que “ir”, sino que hay que “estar”, el carnaval no hay que ir a verlo, sino, como tantas otras cosas, vivirlo. Para vivirlo, como no te van a dejar ingresar en una escola de samba, primero porque no eres un mulato o una mulata de cuerpo perfecto y organismo genéticamente adaptado por nacimiento al ritmo, y segundo porque los desfiles de las escolas son todo menos improvisados, protagonizados en el sambódromo y son la parte de diseño exportable del asunto. En el fondo mucho más autentico son los blocos donde los barrios establecen su participación real. Por ejemplo, uno que se sitúa justo debajo de la gigantesca axila del famoso Corcovado se llama “·O sobaco do Cristo” y con el, o con el bloco de Santa Tereza sí que un servidor desfiló, bailó, promiscuó (¿no existe el verbo?, pues debería) rodeado de cuerpos tan suficientemente bellos como reales. Por cierto, un asunto ciertamente desconcertante para el machismo latino habitual es la facilidad con la que las mujeres toman la iniciativa y les “entran” a los varones (eso sí que es igualdad y no la de ciertas tristuras feministas) o les piropean (“Oh, ¡¡qué homme mais bounito!”, me dijo una mulata color canela guapa y obviamente corta de vista).

El asunto es de tal entidad, el desmadre tan considerable, que la inevitable comparación con Sodoma y Gomorra las deja a la altura de conventos de clausura babilónicos, si es que tales existen. Para abreviar sólo añadiré que los nuevos matrimonios cariocas añaden a sus votos habituales otro: no volver a asistir ni juntos ni mucho menos separados al carnaval: Las parejas jóvenes huyen del bullicio y del probable y hasta probado riesgo para su relación hacia la tranquilidada de lejanas playas.

Mi anfitrión en Río, mi amigo Luis, arquitecto que trabajaba para la municipalidad de Niteroi, al otro lado de la bahía y frente a Río, andaba por aquel entonces casado con una guapa carioca, Lia, que tenía otra hermana, Lea, con la que yo me alojaba, y un hermano, Leo (lo juro: el padre militar no estaba dispuesto a romperse la cabeza buscando nombres a sus hijos, o era un chistoso). Lea, estaba encariñada conmigo y yo con ella, como no, pero es el caso que los carnavales no los acabe junto a ella sino con otra chica deliciosa, y eso es otro asunto, con la que acabé yendo a bucear, a navegar y a reposar al archipiélago de Angra do Rei, un paraíso al que pienso volver algún día con el amor de mi vida, Paola.

Lo que quiero contar aquí es que Lea se enfadó conmigo y me echó de su preciosa casa de Santa Tereza, y aunque me alojé en casa de mi nueva amiga en Botafogo no por eso no lo deje de sentir un poco mucho. En la casa de Lea, junto a una cashoeira donde nos duchábamos después de ir en bici, a un paso de la foresta que penetraba en la ciudad, y a otro de una favela donde los chicos me invitaban (iba amparado/ protegido por educadores y gentes que trabajaban y eran aceptado a allí) a una pelada (partido de fútbol improvisado: tampoco aceptaba, eso era aún más arriesgado que intentar bailar samba con contra mulatos y mulatas) había que cerrar las ventanas para que los monos titis no penetraran desde los árboles del jardín a robarse el azúcar.

Al cabo de unos días Lea me llamó para disculparse. Yo lo interpreté mal: como un intento de reconciliación que yo deseaba pero no en los términos de restablecer la situación amorosa anterior, sino sólo la amistosa. Me equivocaba: era reconciliación, porque todos y cada uno de los amigos de ella, que lo eran más de ella que de mí, salvo su cuñado español, estaban de acuerdo en que qué se esperaba, por qué se enfadaba, si ya se sabe lo que pasa en los carnavales. Y lo reconocía, y me pedía disculpas…

viernes, 24 de octubre de 2008

Excurso, o disgresión, a tenor de 1 y 2: de la paternidad bien y mal entendida



DIOS 3

Lo del pecado original no es lamentable patrimonio exclusivo de los cristianos. Sin sobornos celestiales ni chantajes infernales, sin zanahoria divina ni palo dantesco, sigo disponible para discutir con todo dios, incluido Dios, si es mejor no tener padre a tener un mal padre, o dónde esté un padre, aunque sea malo, que se quiten los bastardillos como yo o, yendo más lejos, como Miguel. Eso sí, a mí no me pasará lo que cuenta cierto historiador citado por Savater según el cual los primeros cristianos, pobres, esperaban la llegada más o menos (más que menos) inminente del Mesías y en cambió llegó la Iglesia. Y es que con esto de los primeros mártires tengo que luchar contra mi primera inclinación, que es siempre, siempre, la de ponerme de la parte de los leones. San “Génaro”de Dudas, famoso santo de los dilemas irresolubles, me ilumine. Y el que guste que busque a Dios entre los pucheros y fogones y hasta en los condones (deteriorados). Y otra cosa; creyente o increyente, ese que le hace los discursos a Dios ("Yo soy El que soy") una lumbrera no es. Desde la Escuela Práctica de Ateos (antes Altos) Estudios os ofrezco esta modesta reflexión.

Un varón o macho que ha engendrado, esto es, que ha tenido hijos, destinado pues a la procreación, cabeza de una descendencia, familia o pueblo, pero también ciertos religiosos y sacerdotes muy al contrario célibes y sin hijos, al menos conocidos o reconocidos: todo eso es un “padre” según el diccionario de la muy prosaica, a menudo trivial y frecuentemente banal RAE. Padre es también –en su sexta acepción- origen y principio; y el autor de una obra de ingenio o el inventor de otra cosa cualquiera (“ese que va por ahí es el “padre” de la galleta maría”, verbi gratia), y, última acepción del Diccionario normativo, es la primera (aunque octava acepción) persona de la Santísima Trinidad cristiana, ya saben ese asunto que más que un misterio (tres personas en una , pero un solo dios verdadero y bla, bla, bla) es un anacoluto teológico. Además, en plural, “padres” es sinónimo de antepasados, y en México un adjetivo coloquial similar al más feo español de “puta madre”, es decir, algo estupendo.

Hay padres de la patria, beatísimos padres, padres apostólicos, de almas, conscriptos (los senadores de la antigua Roma), de familia, primeros padres (¡exacto!: Adán y Eva, dejemos a los australopitecos tranquilos), del yermo (anacoretas), de pila (los padrinos, creo que ya no se llevan), de pobres, de mancebía y de provincia, padre eterno, padre nuestro, padre santo, santo padre, Papa y papá. Padre y muy señor mío, sin padre ni madre ni perrito que me ladre.

Con tanta oferta de “padres” parece lógico que esté tan mal visto no tener padre, como es mi caso, aunque en otros, lo verdaderamente vergonzoso sea en aparente paradoja tener muchos. Espero vuestros comentarios y temo vuestra compasión.

martes, 21 de octubre de 2008

Dos

(Foto de Laurenz Bobke, ¿dónde andas, tío?)
DIOS, 2

No me gusta el término “Latinoamérica” -como el de “hispano”, es originariamente ambiguo, pero igualmente está muy consolidado en su sentido actual-, pero no he encontrado uno mejor para abarcar no sólo todos los países de Sudamérica, sino también los de Centroamérica e incluso los de Norteamérica, como México, y de paso y a la vez los países castellanoparlantes y lusófonos. Pero admito sugerencias. Pues bien, en toda Latinoamérica, más en unos sitio que en otros, he comprobado el papel infinitamente más relevante y esencial de la mujer como sostén, ancla, solidez, cabeza de familia o como se quiera decir, frente al papel del hombre, mucho más errática y machistamente irresponsable, por decirlo suavemente. Muchos tíos van emparejándose, “fundando” con distintas y sucesivas o simultáneas mujeres, diversas familias que luego abandonan para seguir inflando el globo de su egotismo. Hablo, lógicamente, en términos generales y sobre todo de esa mayoría de población que aquí consideramos “pobres”, no de los profesionales, burgueses y ricos, igualmente inmorales e igual o más inmorales, pero más preocupados en guardar las apariencias o las formas, como suele decirse.

En la familia de mi amigo y guía Miguel también la jefa era su madre, pero indudablemente Miguel, el tercero de seis hijos de distintos padres por abajo, había dejado de ser una carga hace tiempo para convertirse en un apoyo, como muchos otros niños en esos sitios. Lo que aquí se ve como trabajo o explotación infantil o simple abandono, allí se ve como simple y lógica necesidad, y a menudo más responsable de lo que parece a nuestros ojos de saciados. El caso es que al final de mi estancia en Cuzco, una tarde, Miguel me planteó una asombrosa cuestión, me propuso sin más que le adoptase y me lo trajera a España. Como “avales”, como argumentos probablemente meditados una y otra vez, pobre, Miguel me ofrecía dos: el hecho indudable de que nos conocíamos ya y que nos llevábamos bien, y el de que su madre estaba de acuerdo, aunque la idea hubiera partido de él. Me imagino las charlas del chaval con su madre, de los recelos iniciales y lógicos de los primeros días (“-¿Pero ese gringo no te sube a su cuarto del hotel, no te toca, no te…?” ”-No, mama, sí le van las mujeres, he visto cómo se gira para mirar a otras turistas”), a la idea fraguándose en la mente emprendedora de este niño genial, al desgarro de ambos, pensando en lo mejor para él, para sus hermanitos y para su propia madre…

Le dije que no, le “expliqué” que las cosas no funcionan así, sospechosamente le di –ahora lo sé- demasiadas explicaciones: que no regresaba de momento a España sino a Bolivia y luego a Brasil, que ya tenía hijos grandes (pero eso no importaba, a él le gustaba tener hermanos), que no tenía una mujer junto a mí en ese momento, que…En definitiva, con toda la mala conciencia del mundo opulento al que terminaría regresando le dije que no. No sé, a lo mejor podía haberme complicado un poquito o un mucho la vida, no creo que hubiéramos conseguido nada, nos habríamos estrellado contra las burocracias en cadena a cada lado del océano, pero no hubo lugar, porque primero se alzó la barrera de mi miedo y, aún hoy, yo, tan "arrojado" para entablar conversación con una mujer guapa en una barra, sigo lamentado no haber sido más valiente, y más generoso.
A veces pienso que allá en el Cusco, en el ombligo del mundo, un muchacho, un joven emprendedor quizá se acuerde de un gringo raro con el que estuvo visitando su propia tierra, pero mi cobardía no merece que él me recuerde. Para compensar la saludable vanidad (autoestima le dicen) no hay nada como que la vida te demuestre, con hechos, que en el fondo eres tan mierdecilla como tantos otros de tus semejantes.

jueves, 16 de octubre de 2008

Uno


DIOS 1

La primera vez que estuve en Cuzco –El Cusco, como dice los de allí-, la capital del imperio inca al sur del actual Perú, me sirvió de cicerone un niño que tendría unos nueve años por aquel entonces. Yo acababa de terminar un trabajo en Cochabamba, en el centro de Bolivia, justo a mitad de camino entre Los Andes y la Amazonía, y me estaba reponiendo haciendo el turista, lo confieso francamente. Aunque a mi aire, hacer el turista a tu aire no es tan malo ni mucho menos que hacer el turismo “comme il faut”, es decir, gregariamente, en rebaño y con todo tarado y bien atado (no, no es errata), organizado hasta la nausea y con los tiempos de vistas medidos con más precisión que una puesta en órbita desde Cabo Cañaveral y la compañía no elegida: eso para mí es un infierno. No, yo estaba en el Cusco a mi aire, después de volar desde el aeropuerto más alto del mundo, el de La Paz, que tiene el nombre perfectamente bien puesto. Se llama aeropuerto de El Alto. Regresaría, eso sí, por tierra y por barco, mira tú, atravesando el lago más grande en altura del mundo, el Titicaca. Y en tren desde Puno a Copacabana (a no confundir este desgalichado pueblito lacustre ribereño con la playa y barrio de Río: otra maravilla). Para empezar, a los sitios, lo tengo dicho, no hay que ir, sino que hay que estar. Así que estaba en Cuzco, pasando unos cuantos días. Y apareció Miguel. Moreno, pelo negro lustroso, unos nueve años, síntomas de malnutrición leve en rodillas y otras coyunturas, ojos almendrados negrísimos, sonrisa tan mellada como irresistible. Los tres primeros días me había estado vendiendo siempre la misma postal del mazo que llevaba, cuando pretendí comprar otra distinta me mostró y comprobamos una y otra vez, baraja que te baraja, que sólo llevaba esa…Le invité a una Coca Cola (La Inka Kola local no le gustaba, decía que era demasiado dulce) a cambio de que dejara de venderme la misma postal una y otra vez. Así llegamos también al acuerdo de que me enseñaría su ciudad, Cuzco, el Ombligo del mundo.