
(Para Miroslav, que vivió por estos pagos)
Dios 6
Aguascalientes es a la vez un reputado balneario, como indica su nombre, a orillas del torrente de Vilcabamba y la puerta de acceso al pie de la ciudadela de Machu Pichu; allí se juntan aparentemente dos populosas humanidades que, como las aguas de un río en la desembocadura o en la captura de un afluente (como el río Negro y el Amazonas, que durante kilómetros permiten diferenciar las aguas frías, claras y ácidas del primero con las terrosas, marrones y turbias del segundo) en realidad permanecen separadas. Por un lado, está la población local formada por indígenas y mestizos que se dedican a atender los establecimientos de recreo y el turismo o el comercio y joyería de esmeraldas extraídas de la cercana selva. Por otro, los turistas que son a su vez de dos tipos: los disfrazados de exploradores “blancos” a lo coronel tapioca, con pantalones cortos, botazas, camisas caquis con bolsillos, sombreros stetson a lo Indiana Jones, y los que van con ponchos de lana de alpaca, y se colocan encima de las rubias melenas el sombrero cónico típico de los Andes, el chullo, que les sienta como a un cristo unas pistolas.
La visita al recinto preservado de los incas se organiza con autobuses que suben la empinada carreterilla desde la población termal a las alturas; aunque algunos de los más osados llegan caminando, a menudo con porteadores, por la vieja calzada de piedra conocida como camino del Inca. Unos y otros aguardan a que se abra la ciudadela y son expulsados de ella a la hora de cierre del atardecer, pero yo cometí una pequeña travesura para lograr pernoctar en tan mágico lugar. Simplemente, me escondí en las laderas que caen a pico sobre la “ceja de selva” del bosque de niebla (Cloud Forest) que desciende hacia la amazonía, y cuando comprobé que se había marchado el último de los vigilantes, volvía a ascender y me acomodé entre las ruinas con mi saco de dormir para pasar la noche. Al amanecer del día siguiente pude disfrutar del nacimiento del sol y unas horas en soledad hasta la llegada de la siguiente remesa de visitantes. Fue una experiencia inolvidable. Algo parecido, aunque con más dificultad para ocultarme, hice en la Acrópolis de Atenas: lo voy convirtiendo en una costumbre que no recomiendo imitar.
Al día siguiente renuncie a los autobuses y bajé a agua caliente decidido a hacerme con alguna esmeralda, pero es otra historia que contaré más adelante.



