martes, 11 de noviembre de 2008

Tres




DIOS 4

Bolivia es el auténtico mediterráneo, así con minúscula, rodeado de tierras por todas partes y sin salida al mar desde que la perdió en la Guerra del Pacífico contra Chile. Cuando un famoso presidente boliviano expresó su disgusto con el embajador de la poderosa Gran Bretaña por el expeditivo sistema de atarle de espaldas a un burro y hacerle trotar por horas por la plaza de Murillo en La Paz, donde está el Palacio presidencial, la reina Victoria mandó cañonear desde su flota al atrevido paisito, y al ser informada de la imposibilidad de hacerlo por no contar este con esa salida murmuró algo así como vaya mierda de país. De mierda nada. Bolivia es fascinante, pero hoy voy a hablar de otro país más grande y famoso por el que tuve que pasar sin más remedio. Durante la serie de años que estuve yendo a trabajar unos meses a Bolivia casi siempre hacía escala en Brasil, en Río de Janeiro donde cambiaba para la hoy secesionista Santa Cruz y de ahí unas veces a Cochabamba y otras a La Paz, que cuenta con el aeropuerto más alto del mundo y de apropiado nombre, como la ciudad de aluvión que la rodea: El Alto.

Será una casualidad, no lo dudo, pero tres de las ciudades que más me gustan de todo el mundo –Lisboa, Oporto y Río de Janeiro- hablan portugués, pero a pesar de la delicia acogedora de la luminosa y melancólica Lisboa, del amor/odio que me provoca mi ciudad natal y fatal, Madrid, o de la belleza de la muy serenísima, pese a la peste del turismo de masas, Venecia, Río es sin asomo de poligamia cívica mi favorita. En cada viaje me apañaba para quedarme primero unos días, luego unas semanas, por fin otro viví desde dentro los famosos y ansiados carnavales.Un año conseguí quedarme en la ciudad. La Bahía de Guanabara donde Cabral fondeó un día de enero (Janeiro) sigue siendo pese a las transformaciones urbanas y hasta gracias en parte a ellas una maravilla natural y civil donde se mezcla una selva más amable que la del Amazonas, la Foresta Atlántica, que trepa por los famosos morros o panes de azúcar que salpican y amojonan su serie de míticas playas: Leblón, Botafogo, Copacabana, Ipanema, Prainha, Barra de Tijuca, Grumari, Sao Conrado, Abricó…Y yo me alojaba en el barrio probablemente más bonito de la ciudad más bonita de la Tierra, el de Santa Tereza., también aupado a un morro de granito carstificado por las lluvias tropicales (una rareza geológica, aunque no tanto en los trópicos), al que se llega por un tranvía rampante a través del viaducto de Lapa: si el principio del barrio comienza en las escaleras y rampas de la parte baja el final acaba directamente en la selva.

En los carnavales llega el aluvión turístico, sólo en parte compensado por la huida de miles de cariocas. Los turistas, los enteradillos, los profanos que no saben que lo son, llegan pensando en las escolas de samba y en el sexo promiscuo y gratuito. Lo cierto es que salvo que estés introducido y arropado por amigos y gentes locales, harás fotos, alucinarás con el desmadre, pero no lo vivirás más que epidérmicamente. Es decir, como en tantas ocasiones en el fondo es más pedagógico para enterarse de qué va, ver un buen documental desde tu casa, sin viajar, preparado por personas bien documentadas y que han hecho su trabajo que presentarte a presenciarlo en directo como un turista, es decir, como un elefante (con cámara de fotos) en una cacharrería.

Igual que a los sitios, ciudades incluidas, no hay que “ir”, sino que hay que “estar”, el carnaval no hay que ir a verlo, sino, como tantas otras cosas, vivirlo. Para vivirlo, como no te van a dejar ingresar en una escola de samba, primero porque no eres un mulato o una mulata de cuerpo perfecto y organismo genéticamente adaptado por nacimiento al ritmo, y segundo porque los desfiles de las escolas son todo menos improvisados, protagonizados en el sambódromo y son la parte de diseño exportable del asunto. En el fondo mucho más autentico son los blocos donde los barrios establecen su participación real. Por ejemplo, uno que se sitúa justo debajo de la gigantesca axila del famoso Corcovado se llama “·O sobaco do Cristo” y con el, o con el bloco de Santa Tereza sí que un servidor desfiló, bailó, promiscuó (¿no existe el verbo?, pues debería) rodeado de cuerpos tan suficientemente bellos como reales. Por cierto, un asunto ciertamente desconcertante para el machismo latino habitual es la facilidad con la que las mujeres toman la iniciativa y les “entran” a los varones (eso sí que es igualdad y no la de ciertas tristuras feministas) o les piropean (“Oh, ¡¡qué homme mais bounito!”, me dijo una mulata color canela guapa y obviamente corta de vista).

El asunto es de tal entidad, el desmadre tan considerable, que la inevitable comparación con Sodoma y Gomorra las deja a la altura de conventos de clausura babilónicos, si es que tales existen. Para abreviar sólo añadiré que los nuevos matrimonios cariocas añaden a sus votos habituales otro: no volver a asistir ni juntos ni mucho menos separados al carnaval: Las parejas jóvenes huyen del bullicio y del probable y hasta probado riesgo para su relación hacia la tranquilidada de lejanas playas.

Mi anfitrión en Río, mi amigo Luis, arquitecto que trabajaba para la municipalidad de Niteroi, al otro lado de la bahía y frente a Río, andaba por aquel entonces casado con una guapa carioca, Lia, que tenía otra hermana, Lea, con la que yo me alojaba, y un hermano, Leo (lo juro: el padre militar no estaba dispuesto a romperse la cabeza buscando nombres a sus hijos, o era un chistoso). Lea, estaba encariñada conmigo y yo con ella, como no, pero es el caso que los carnavales no los acabe junto a ella sino con otra chica deliciosa, y eso es otro asunto, con la que acabé yendo a bucear, a navegar y a reposar al archipiélago de Angra do Rei, un paraíso al que pienso volver algún día con el amor de mi vida, Paola.

Lo que quiero contar aquí es que Lea se enfadó conmigo y me echó de su preciosa casa de Santa Tereza, y aunque me alojé en casa de mi nueva amiga en Botafogo no por eso no lo deje de sentir un poco mucho. En la casa de Lea, junto a una cashoeira donde nos duchábamos después de ir en bici, a un paso de la foresta que penetraba en la ciudad, y a otro de una favela donde los chicos me invitaban (iba amparado/ protegido por educadores y gentes que trabajaban y eran aceptado a allí) a una pelada (partido de fútbol improvisado: tampoco aceptaba, eso era aún más arriesgado que intentar bailar samba con contra mulatos y mulatas) había que cerrar las ventanas para que los monos titis no penetraran desde los árboles del jardín a robarse el azúcar.

Al cabo de unos días Lea me llamó para disculparse. Yo lo interpreté mal: como un intento de reconciliación que yo deseaba pero no en los términos de restablecer la situación amorosa anterior, sino sólo la amistosa. Me equivocaba: era reconciliación, porque todos y cada uno de los amigos de ella, que lo eran más de ella que de mí, salvo su cuñado español, estaban de acuerdo en que qué se esperaba, por qué se enfadaba, si ya se sabe lo que pasa en los carnavales. Y lo reconocía, y me pedía disculpas…